Buscando el mayor de los tesoros...
- Rafa Ruiz
- 27 feb 2019
- 4 Min. de lectura
Bobby mira al frente. No ve más que un fondo oscuro plagado de nubes negras y un mar fervorosamente agitado. Vive en un vetusto pueblo pesquero del norte de Europa, llamado Bunport. Allí comienza este pequeño relato.
No es un lunes cualquiera, es el lunes; el lunes donde comienza su historia. Está sumido en una profunda crisis personal. La soledad empieza a habitar en cada recodo de su interior. Su mente se vuelve cada vez más oscura, aciagos pensamientos fluyen cada segundo. Aun así una incesante llama de luz resiste ante tanto vendaval, permite la ilusión por “un mañana mejor”. Pervive en sus adentros.
Al llegar al trabajo, su jefe le recibe y le cita por la tarde. Quiere hablar con él, en otro ambiente, intuye que Bobby no está bien. Él se sorprende, malos augurios vuelven a su cabeza.
Termina la jornada laboral; sus compañeros, exhaustos por un intenso día de trabajo, vuelven a casa. Él, debe acudir a “La Taberna del Pescador”. Allí le esperan, son las cinco. El sol se diluye en la inmensa majestuosidad de un mar extrañamente calmado.
Ruidoso ambiente. Al fondo en una carcomida mesa de madera está su jefe, dos jarras de cerveza la adornan. Acude hasta allí y se sienta. Malos presagios…
Comienzan una relajada charla. Terminan. Le han concedido unas vacaciones, saben que su mente está colapsada y necesita un merecido descanso. Pasan las horas y él sigue allí sentado, apenas un par de viejos mercaderes quedan en el antro. Se aproxima a la barra cuando le llaman. Es un anciano de descuidado semblante, parece aturdido.
Apenas hablan unos segundos pero se citan, mañana volverán a verse. Tiene una propuesta y Bobby quiere oírla.
Así termina un día diferente frente a la monotonía de las últimas semanas. Él siempre lo recordará como el “día que lo cambió todo”. Ahora, nos cuenta su historia.
<<Ya sabéis cómo empezó todo. Al día siguiente, volví a verme con Rob. Él era un gran emprendedor. Un soñador de los que ya no existen. Siempre le recordaré con gran cariño, pues hizo que mi vida cambiara. Había viajado por medio mundo pero ya sus dilatadas piernas apenas le daban para mantenerse en pie. Me concedió, a mí, su última aventura. Comenzamos…
Rob conoció a un extravagante mercader en el mercado de la capital. Éste le vendió, a precio de joya, un deteriorado mapa que a su juicio daba acceso al mayor tesoro jamás conocido. Pero él nunca decidió usarlo. Lo guardó en su baúl, y allí permaneció casi hasta el fin de sus días. Una noche tuvo una visión, y apresurado acudió a la taberna. Allí nos conocimos y al día siguiente el mapa estuvo en mi poder.
Inicié un trepidante viaje del que podría contar innumerables historias y vivencias, pero me quedo con la que ahora perdura en mi corazón. La marcha me encaminaba a un continente lejano y desconocido, del que apenas tenía conocimiento, África. Durante mi largo caminar, conocí a multitud de personas pero sólo dos de ellas habían estado en el lugar al que yo me dirigía.
El primero era un millonario banquero. Había invertido una fortuna en su viaje pensando que luego multiplicaría la misma con el tesoro allí existente. Sin embargo, me contó que era un bulo, allí no había más que una tribu ancestral y unos pocos animales… Volvía a casa hundido en la miseria.
El segundo fue un intrépido trotamundos. Me comentó que pasó allí algunas semanas y pudo disfrutar de la vida en la tribu, pero poco más que decir. Nada de tesoros.
Ambas versiones me dejaron aturdido, no sabía si iniciar mi vuelta a casa. Al menos en Bunport tenía mi hogar, y un trabajo al que acudir cada mañana… A pesar de las dudas finalmente decidí continuar.
Fueron semanas, quizás meses, perdí la noción del tiempo. Fue una larga marcha cruzando África central. Cercanos al tesoro, mi guía me comentó que no podía continuar, la última etapa debía recorrerla yo mismo, y así fue. Se sucedieron las jornadas más duras, pero finalmente accedí al punto donde nos encaminaba el mapa. Encontré una tribu probablemente milenaria. Allí me acogieron como uno de los suyos y sumido en un profundo desánimo pasé varias semanas de convivencia. En ese periodo fue cambiando mi talante, incluso mi visión global de las cosas. Pasados unos meses me sentía muy feliz, mi vida había cambiado. Hoy aún sigo aquí, y puedo afirmar que encontré el mayor de los tesoros jamás buscados: vivir en una tribu que convive a la perfección con la madre naturaleza; alejados de la sociedad consumista. No existe mayor felicidad que despertar cada mañana oyendo el cantar de los pájaros en libertad, respirar el aire puro y limpio que proporciona la Sabana africana, convivir con una sociedad fraternal, no pensar más allá del mañana… La sociedad occidental cegada por el “valor de las cosas” es incapaz de ver más allá del dinero, en cambio el verdadero valor de la vida se cobra con momentos de felicidad. Aquí esos momentos se suceden y multiplican cada día. Esta es mi historia, espero que hayan aprendido algo, por poco que sea, al menos que en las cosas más pequeñas residen grandes tesoros, y no hay tesoro más grande que ser y vivir en felicidad>>


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